
Algunos viajeros eligieron el tren; a mí me correspondió la carretera.
Alejandro Cañedo Priesca
La semana pasada escribía sobre Ancona,
aquella ciudad italiana que terminó siendo mucho más que el puerto desde donde
abordé un ferry rumbo a Grecia. Después de cruzar el mar Adriático, hacer escala en Corfú e Igoumenitsa y desembarcar finalmente en Patras, el viaje todavía no terminaba.
El boleto incluía un autobús hacia Atenas.
Algunos viajeros eligieron el tren; a mí me correspondió la carretera. En el camino apareció uno de esos lugares que durante años había visto solamente en los mapas: el Canal de Corinto.
La idea de unir el golfo de Corinto con el
golfo Sarónico tiene más de dos mil años de historia. Antes de que existiera el
canal moderno, los antiguos griegos construyeron el Diolkos, una vía de piedra
por la que trasladaban embarcaciones sobre plataformas para evitar rodear el
Peloponeso. Siglos después, Julio César comprendió la enorme importancia
estratégica de abrir un canal permanente entre ambos mares, aunque el proyecto
no llegó a concretarse en su época. La obra sólo pudo concluirse en 1893 gracias
a la ingeniería moderna.
Cruzar aquel estrecho paso era, de alguna
manera, atravesar la historia.
Al llegar a Atenas descubrí algo que no
esperaba. Uno imagina una ciudad rodeada permanentemente de templos y ruinas.
La realidad es distinta.
Entré por carretera y encontré una gran capital moderna, llena de tráfico, ruido y movimiento. Por momentos me recordó a la Ciudad de México: una metrópoli donde la vida cotidiana convive con un legado
histórico extraordinario.
Me hospedé en un hotel muy céntrico y
comencé a recorrer la ciudad. La Plaka fue uno de esos barrios donde da gusto
perderse caminando. Ahí probé el ouzo, disfruté un auténtico souvlaki y una
ensalada griega, confirmando que en el Mediterráneo la gastronomía también
cuenta historias.
Pero Atenas también invita a salir de ella.
Desde el puerto del Pireo tomé una excursión de un día hacia Hydra, Poros y
Egina. Ahí entendí por qué Grecia no puede explicarse sin el mar.
Durante miles de años sus islas fueron puentes para el comercio, la cultura y las ideas. También conocí Glyfada, una de las playas preferidas por los atenienses, y el Cabo Sunión, donde el Templo de Poseidón domina el mar Egeo desde un espectacular acantilado.
Sin embargo, nada me preparó para subir
finalmente a la Acrópolis. Había leído durante años sobre Pericles, el
nacimiento de la democracia ateniense y la Grecia clásica. Autores como Taylor
Caldwell y Leon Uris despertaron mi imaginación mucho antes de que pudiera
viajar hasta allí. Sentí que no estaba descubriendo aquel paisaje, sino
reencontrándome con él.
El Partenón es el gran símbolo de Atenas,
pero no el único. El Estadio Panatenaico, construido casi por completo en mármol blanco, fue la sede de los primeros Juegos Olímpicos de la era modernaen 1896. Muy cerca, el Museo de la Acrópolis permite comprender la dimensión histórica de ese conjunto monumental y resguarda algunas de las piezas más importantes del mundo griego.
El Pireo, hoy uno de los puertos de
cruceros más importantes del Mediterráneo, continúa desempeñando el mismo papel que hace siglos: conectar a Grecia con el resto del mundo.
Cambiaron los barcos y cambiaron los viajeros, pero el mar sigue siendo el gran vínculo.
Grecia es mucho más que un conjunto de
ruinas extraordinarias. Su influencia permanece viva en la filosofía, la política, el arte, el teatro, la arquitectura y en la manera en que entendemos la democracia.
Quizá por eso Atenas produce una sensación difícil de explicar. No parece que uno esté conociendo una ciudad nueva. Parece que, después de muchos años de leerla, finalmente la está recordando.
Viajemos juntos.



