
Dr. Melitón Lozano Pérez
Al llegar a los 600 días de la
administración de Alejandro Armenta en Puebla, el balance no se sostiene sobre
discursos ni cifras frías, sino sobre la evidencia visible de tres ejes que articulan la vida cotidiana del pueblo: riqueza comunitaria, justicia social y seguridad
pública.
La verdadera frontera entre el pasado
prianista y la Cuarta Transformación radica en cómo se entiende el poder. Mientras el régimen anterior concebía al
estado como un mecanismo de acumulación privada y despojo público
—privilegiando a las élites y postergando a las mayorías—, la gestión actual
demuestra que el ejercicio público adquiere sentido cuando traduce los ideales de cambio en hechos palpables que transforman el territorio desde abajo.
Lejos del formato convencional centrado en el protagonismo del gobernante, este trayecto se ha nutrido del testimonio directo de la ciudadanía.
Han sido las campesinas, los artesanos y los comités de obra quienes han dado
voz a los resultados.
Escuchar a quienes habitan las soluciones evidencia que la participación popular no es un adorno, sino el motor que valida el rumbo.
Cuando el pueblo decide y fiscaliza la obra comunitaria, el recurso rinde más,
se evita la corrupción y se concreta
la transformación desde abajo, devolviendo la dignidad a municipios
históricamente invisibilizados.
Esta práctica se encuadra en los
postulados del Humanismo Mexicano
que encabeza la presidenta Claudia Sheinbaum y se expresa en Puebla mediante la bioética social: situar la vida y la dignidad en el centro de toda política pública. Bajo la máxima de que, por el
bien de todos, primero los pobres, el desarrollo se concibe con justicia
social, potenciando las capacidades locales para que el progreso económico no
signifique despojo ni precarización.
Asimismo, la seguridad pública se
consolida como la prioridad indiscutible; a diferencia de la simulación o la
represión del pasado, la paz social se construye combatiendo las causas de la
violencia, recuperando el tejido comunitario y protegiendo a las familias con ética y presencia territorial.
Este proyecto tiene su faro en la
filosofía política legada por Andrés
Manuel López Obrador y continuada por la presidenta Sheinbaum. Sus principios son el ancla moral del gobierno: la convicción de que no puede haber gobierno rico con pueblo pobre y
que el poder solo se convierte en virtud cuando se pone al servicio de los
demás.
El gran reto al arribar a este hito en la gestión de Alejandro Armenta consiste en
consolidar en el pueblo de Puebla la certeza de que estamos viviendo un auténtico cambio de régimen y no un
simple relevo de gobierno. Modificar de raíz la lógica del poder, democratizar
el presupuesto y convertir la justicia social en un mandato irreversible es la
única garantía de que la transformación sea permanente.



