
Adela Ramírez
Hay dolores que se reconocen de inmediato. Puede ser una pierna rota, una cirugía o un diagnóstico médico, y nadie cuestiona el tiempo que una persona necesita para recuperarse de ellos.
Pero existe otro tipo de heridas que siguen generando sospecha: las emocionales.
Cuando alguien atraviesa una traición, una infidelidad o un abandono, suele recibir comprensión durante un tiempo.
Después llegan los cuestionamientos.
“¿Todavía sigues pensando en eso?”, “ya pasó” o “ya supéralo” …
Estas ideas podrían parecer de lo más razonables, hasta que la ciencia nos ilumina.
El neurólogo mexicano Eduardo Calixto ha explicado que el amor, la pérdida y la traición no son fenómenos exclusivamente emocionales.
Cuando descubrimos una traición importante, especialmente de una persona en quien depositábamos confianza y seguridad afectiva, el cerebro puede reaccionar como si enfrentara una amenaza extrema.
Se activan estructuras como la amígdala cerebral, aumentan hormonas del estrés como el cortisol y la adrenalina, y se alteran procesos fundamentales como el sueño, el apetito, la regulación emocional e incluso la presión arterial.
Algunas investigaciones han encontrado además que el dolor social y el dolor físico comparten parcialmente circuitos neuronales. Dicho de otra manera: el sufrimiento emocional no es una exageración ni una debilidad de carácter. Tiene una expresión biológica real.
Por eso muchas personas describen síntomas físicos después de una traición profunda: opresión en el pecho, taquicardia, sensación de falta de aire, náuseas, temblores, insomnio o pensamientos obsesivos que parecen imposibles de detener.
En casos extremos puede aparecer incluso el llamado síndrome del corazón roto o síndrome de Takotsubo, una condición cardíaca desencadenada por estrés emocional intenso cuyos síntomas pueden confundirse con los de un infarto.
La psicóloga Jennifer Freyd desarrolló el concepto de trauma por traición para explicar por qué ciertas heridas emocionales resultan tan difíciles de procesar. Su teoría plantea que cuando quien nos daña es precisamente la persona de quien dependemos emocionalmente, el impacto psicológico puede ser especialmente profundo.
No solo se rompe una relación; se rompe una estructura interna de confianza sobre la cual construíamos nuestra vida cotidiana, nuestros proyectos y nuestra sensación de seguridad.
Por eso cada vez más especialistas consideran que una infidelidad grave no debe entenderse únicamente como un conflicto de pareja.
En determinadas circunstancias puede convertirse en una herida emocional significativa que requiere acompañamiento psicológico e incluso psiquiátrico.
Esta visión no es nueva. Especialistas como Frank Pittman, uno de los pioneros en el estudio clínico de la infidelidad, sostuvieron que sus efectos trascienden el ámbito romántico y alcanzan la identidad, la autoestima y la capacidad de confiar. Más recientemente, Esther Perel ha explicado cómo una traición puede sacudir los cimientos emocionales sobre los que una persona construye su proyecto de vida, mientras que M. Scott Peck recordó que el amor maduro exige responsabilidad, honestidad y compromiso con el bienestar del otro, precisamente aquello que una traición profunda suele fracturar.
Por si fuera poco lidiar con este proceso y la sanación, en países como México además aparece otro problema.
Muchas personas tienen una extraña facilidad para juzgar a las víctimas.
Preguntan por qué no se fueron antes, por qué confiaron y, quizá lo más duro de las críticas, por qué siguen afectadas, por qué no han logrado olvidar.
Mientras tanto, quien provocó el daño suele reconstruir rápidamente una imagen pública impecable. Las redes sociales han amplificado este fenómeno.
Fotografías sonrientes, discursos de superación personal y una aparente felicidad permanente pueden ocultar dinámicas mucho más complejas.
La consecuencia es dolorosa: muchas víctimas terminan sintiendo culpa por sufrir. Se avergüenzan de seguir tristes, ocultan su ansiedad y minimizan sus síntomas.
Evitan pedir ayuda por miedo a ser consideradas débiles, exageradas o incapaces de seguir adelante. Sin embargo, pedir ayuda es precisamente una de las respuestas más saludables que una persona puede tomar.
La salud mental exige abandonar la idea de que todo dolor se resuelve con fuerza de voluntad.
Hay heridas que necesitan tiempo, terapia y una red de apoyo capaz de acompañar sin juzgar.
Hay heridas que, además, requieren atención psiquiátrica cuando el sufrimiento comienza a afectar la vida cotidiana, el descanso, la alimentación o la capacidad de funcionar normalmente. Un psiquiatra puede recetar químicos que el cerebro no genera por el trauma y establece dosis exactas para superar este tipo de duelos.
Quizá ha llegado el momento de dejar de preguntar por qué alguien no supera más rápido una traición y empezar a preguntarnos por qué seguimos tratando el dolor emocional como si fuera menos importante que cualquier otra enfermedad.
Porque sanar no siempre significa olvidar; muchas veces significa aprender a vivir de una forma distinta después de que algo nos rompió.
Y hacerlo acompañado por profesionales de la salud mental, así como por las personas que nos quieren, también es una forma de valentía.



