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Testigo Clave

by Las noticias con Moctezuma
2026/05/01
in Columnas, Portada
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  • El código sangriento

Valentina Ramírez

Mi reloj de faltriquera marcaba las once de la noche en punto, la hora en que acordamos reunirnos en el cementerio de Canongate. Era un acuerdo ilegal, pero nada que no hubiese cometido antes.

Caminaba entre las lápidas y los enormes cipreses; llevaba conmigo una lámpara de queroseno, la única luz que alumbraba mi carreta.

Vislumbré a pocos metros aquellos dos hombres con el cadáver.

Hablamos lo estrictamente necesario para posteriores “transacciones”.

Pagué 7 libras y 10 chelines, una suma considerable pero necesaria para fines científicos. Nunca les cuestioné de dónde provenían los restos humanos, pues era una actividad muy común entre los profesores de medicina.

En la Universidad de Edimburgo, donde yo laboraba, carecíamos de cuerpos para diseccionar, tan solo dos o tres al año.

Antes era sencillo conseguir cadáveres; algunos los donaban voluntariamente, mientras que los presos estaban sometidos al “Código Sangriento”, un sistema legal que castigaba con la horca incluso delitos menores y tras su ejecución, sus cuerpos eran entregados a las escuelas de anatomía para su estudio. Al ser anulado, el suministro de cuerpos se volvió casi inexistente.

Fue un obstáculo para toda la comunidad médica, ¿Cómo practicarían los alumnos? ¿Cómo descubriríamos el funcionamiento de los humanos?
Por ende, William Burke y William Hare se convirtieron en mis proveedores durante casi un año.

Seguíamos reuniéndonos en lugares poco frecuentados, el único sonido que rompía el silencio era un grito lejano: “¡Las doce y todo sereno!”.

Hasta el 31 de octubre en que el negocio terminó. Yo solo sabía que trabajaban en una casa de huéspedes en Edimburgo e ignoraba de dónde sacaban los cuerpos. Creí que solo los robaban, pero al parecer era más que eso.

Eran irlandeses, se instalaron en una pensión de Tanner’s Close, en West Port, propiedad de Margaret Laird. Allí comenzó todo, aunque yo lo supe demasiado tarde.

El primer cuerpo que me vendieron no fue producto de violencia, era un inquilino que murió de manera natural. En lugar de enterrarlo, rellenaron el ataúd con tierra para venderme su cadáver. Después comenzaron a llegar más cuerpos.

Jamás creí que eran asesinos. Me enteré en el periódico sobre su método, primero inmovilizaban a la víctima, oprimían su pecho al mismo tiempo que cubrían su boca y nariz. Sus víctimas fueron ancianos, mujeres, mendigos, incluso un joven con retraso mental. Aún recuerdo los murmullos en el anfiteatro cuando el cuerpo de aquel muchacho fue colocado sobre la mesa, algunos estudiantes lo habían reconocido y las sospechas comenzaron a circular en Edimburgo.

El último cuerpo fue el de una mujer llamada Marjorie Campbell Docherty. No llegó a mis manos, pues fue descubierto en la pensión por casualidad. Cuando todo salió a la luz, mi nombre quedó manchado. Fui interrogado, señalado, casi condenado por la opinión pública. Sin embargo, no pudieron demostrar que conociera el origen de los cadáveres ni que hubiese participado en crimen alguno.
William Hare aceptó inmunidad a cambio de testificar contra su compañero y el 28 de enero de 1829, William Burke fue ahorcado ante una multitud inmensa. Dicen que veinticinco mil personas acudieron.

Fue diseccionado públicamente frente a una sociedad morbosa.
Hare desapareció en el anonimato. Sus esposas, también cómplices, fueron declaradas no culpables. Yo continué enseñando durante algunos años más, aunque mi reputación nunca volvió a ser la misma, hasta que finalmente dejé mi puesto.

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Tags: El código sangriento.
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