
Carlos Paz
24 diciembre 2025
Ella esperaba que esta noche, ella y su hermanita, así como sus padres, pudieran comerse unos tacos por ser nochebuena.
Todas las tardes era el mismo dolor. Casi al anochecer sus huesos apenas podían tolerar el peso de su hermanita quien desde temprana hora se subía sobre sus hombros para hacer malabarismos con tres pelotas de hule.
Sentía que sus huesos se astillaban. Su cuerpo mal alimentado temblaba de dolor y de cansancio cada vez que la luz roja de los semáforos le permitía subirse en precario equilibrio para recolectar alguna moneda de los automovilistas que se paraban en aquella esquina. Día tras día en la mañana, en la tarde y casi hasta anochecer, el reto era juntar la mayor cantidad de dinero que algunas personas les daban.
En la mañana casi no tenían frío pese al invierno, pues el movimiento y el peso a soportar, aunque ligero, hacía que sus músculos entran en calor. Veinticinco kilos eran una tonelada después de dos horas. Pasadas las diez de la mañana la temperatura y el dolor se hacían insoportables. Conforme pasaban las horas, las subidas y las bajadas se tornaban en un suplicio creciente. Había pocos momentos de descanso pues un tipejo de aspecto siniestro y mal encarado les arrebataba el dinero a ella y a su madre.
“Son unas indias piojosas, mugrientas y asquerosas, no sirven para nada”, les escupía en la cara. Pero como decía que era su esquina, el poco dinero que recababan les era arrebatado en su gran mayoría y apenas les dejaba para comprarse un pan con café en las mañanas. A mediodía la dieta era una tortilla con sal y chile.
Poco antes de las ocho de la mañana empezaba su rutina. Sobre todo, cuando otros niños iban a la escuela. Ella y su hermanita pronto aprendieron a hacer malabares con tres pelotas. La más pequeña se trepaba sobre sus hombros y conforme pasaban las horas sentía que sus tiernos huesos eran como un armazón de madera a punto de astillarse.
El sudor hacía pegajoso sus rostros, sus cuellos, sus brazos. También endurecía los cabellos de su cabeza. El mal olor de sus cuerpos entraba por sus narices y amenazaba con asfixiarlas con su propia respiración. Pasadas a las diez de la mañana, el calor parecía ascender desde un infierno desconocido y todo el suelo parecía un comal gigantesco donde se quemaba la planta de sus pies mientras estos parecían derretirse conjuntamente con el hule de sus chanclas.
Mientras pedían dinero muchos los miraban con desprecio, con asco, con repugnancia. Otros subían las ventanas de sus coches y muy pocos les daban algunas monedas. No faltaba quien se las aventara al pavimento mientras les gritaban “recógelas apestosa”.
Sus músculos y huesos eran raquíticos, endebles y frágiles. No era una debilidad sólo del hambre. Era una debilidad producto de la humillación, del desprecio, de su condición de parias. De ser nada. De ser nadie.
A mediodía sentía su cuerpo exhausto, sus labios lucían partidos por la sed y su garganta sufría con el ardor del humo que muchos coches y camiones exhalaban. Un humo como serpiente negra envolvía los cuerpos, los escasos árboles del boulevard, la fruta picada que algunos vendedores ofrecían, en una interminable caravana con rugidos de bestia.
El sol quemaba su rostro y sus brazos. Para entonces, su piel morena había adquirido un tono más oscuro después de innumerables asoleadas en ese crucero infernal. A menudo tosía después de aspirar ese aire insalubre que ennegrecía más las mucosidades de sus narices. Lo mismo sucedía con su hermanita y su madre. Pero ella, con escasos ocho años, envidiaba las risas de otros niños a los que miraba a través de las ventanas de los coches o que pasaban por las calles acompañados de sus padres.
En el Oxxo a menudo compraban la Coca-Cola fría y también la sopa instantánea que le parecía una delicia y que por unos cuantos pesos podía comerse caliente. Cuando empezaba la noche llegaba en la esquina un señor que vendía tacos.
Era entonces cuando empezaba el otro martirio. El olor de la carne asada entraba por sus narices, llenaba pletóricamente sus pulmones con un delicioso aroma que descendía por sus intestinos y su estómago y los hacía gruñir de hambre. Numerosas personas se formaban para que les fueran despachadas las tortillas con carne y salsa. Envidiaba cómo, glotonamente, engullían esos tacos como si no tuvieran otra razón en la vida más que comer y hartarse mientras ellas sentían que su estómago palpitaba con un hambre eterna.
En la radio del taquero escuchó que hoy es
Nochebuena y mañana Navidad.
Muchos coches eran tripulados por personas que llevaban envoltorios de regalos. Que ridículamente adornaban sus cabezas con gorros rojos. En sus rostros se advertía una felicidad infinita, tan larga y extensa como el hambre de ellas. Hambre acumulada por días, semanas y meses.
Años eternos.
Muchas noches así se iban con hambre a un cuartucho donde dormía con sus padres y su hermana. Un cuartucho con rancio olor a humedad. Sin ventanas en unos muros sin revocar. Ahí estaban dos sillas, un ropero y una mesa viejas al lado de dos petates con cobijas. Ese era todo cuanto poseían. No poseían más porque a menudo un hombre siniestro les quitaba con golpes y amenazas el poco dinero que recogían de las dádivas. Casi nunca había cena.
Ella esperaba que esta noche, ella y su hermanita, así como sus padres, pudieran comerse unos tacos por ser Nochebuena. En la puerta les esperaban dos hombres malencarados que hurgaron sin recato entre sus ropas para arrebatarles el poco dinero que llevaban porque no habían reunido lo suficiente para su cena.
Apestaban a alcohol. Sus asquerosas manos recorrieron sus frágiles cuerpos y los dejaron sin dinero alguno.
Hoy es Nochebuena, pero también siniestra noche. En muchas casas y calles, música y luces. En muchas otras casas, sólo frío y hambre. También la maldad y la ambición desgarrando a los débiles, sobre generaciones de desposeídos, violados, ninguneados.
En su cuarto no hay luces de colores. No hay un árbol con esferas y regalos. Es la desnudez propia de la miseria. Es la oscuridad para la humillación, el sueño del cansancio, la eterna agonía del hambre.
Carlos Paz.
24 de diciembre de 2025.




